Adiós a Óscar Ayala, un amigo y un compañero fiel | Por Matías Escalera

Este martes pasado, seis de febrero, la enfermedad derrotó, por fin, a Óscar Ayala. "Había resistido, con la dignidad y la determinación que lo caracterizó en todas y cada una de las facetas de su vida, hasta el último aliento, hasta la extenuación y el agotamiento de la última gota de energía que le quedaba dentro".

  • Estas palabras no son un obituario, habrá quien lo haga mucho mejor que yo; estas palabras son la sentida despedida de un amigo y de un compañero extraordinario.

De las cuatro facetas públicas en las que se prodigó Óscar Ayala, la de la poesía, la de la edición, la de profesor y la de activista por la música en nuestra ciudad, tuve la suerte y el honor de compartir tres con él, la de la escritura poética, la del mundo de la edición y la de la lucha por la Escuela Pública, en la Asociación de Profesores de Alcalá (APAH) y en la Marea Verde, ambos éramos profesores de lengua y literatura en los institutos de Alcalá. También sabía de sus andanzas quijotescas por la dignificación de la enseñanza y la práctica de la música clásica, pero de un modo más indirecto y ocasional.

En las otras tres, puedo decir que Óscar Ayala mantuvo siempre un nivel de dignidad y de exigencia que solo aspiraba a la excelencia: como poeta, lo demostró en su media docena de poemarios publicados; como editor, junto al gran Enrique Villagrasa, últimamente, en Huerga y Fierro, codirigiendo la magnífica colección “Rayo Azul”; como profesor de Secundaria, no solo participando en la edición de textos escolares, sino, cada día, en su trabajo, y, en la calle y las instituciones, como luchador por la Escuela Pública, en la que creía fervientemente y por la que bregó, en la Marea Verde y en la APAH, hasta el final.

Sin embargo, además de esa dignidad y esa exigencia personal, para sí mismo y para los demás, que mostraba, tanto en su vida profesional y pública, como en sus relaciones personales, quiero destacar dos cualidades tan importantes como estas, la fidelidad para con los compañeros y los amigos, y su sentido del humor. Quien lo haya conocido estará de acuerdo en que su aparente descreimiento, a menudo, de las cosas, guardaba dentro un fino –y ácido, a veces– sentido del humor y una ternura indudables. Óscar Ayala, como alma lírica que era, antes que cualquier otra cosa, no podía escapar de la ternura, ni siquiera cuando intencionadamente o sin quererlo trataba de disimularla. Nunca olvidaremos estas cualidades suyas, pero tampoco, su fortaleza y dignidad en la enfermedad y en la derrota final. Hasta siempre, querido Óscar, amigo y compañero. A más ver.

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