La izquierda valiente | Por Santiago López Legarda

En semanas pasadas, con motivo del pase de los diputados de Podemos al Grupo Mixto, se comentó largamente en los medios de comunicación el proceso de sectarización extrema de los morados desde aquellos más de cinco millones de votos que cosecharon en las elecciones de 2016. Sectarismo que les lleva, creo yo, a no tener miedo a quedarse ciegos con tal de dejar tuerto al adversario.

  • Irene Montero y compañía han argumentado su voto en contra asegurando que el decreto contenía un recorte contra los perceptores del subsido para mayores de 52 años.

 

  • Santiago López Legarda es un periodista alcalaíno que ha ejercido en diferentes medios nacionales.

El otro día, con motivo de la votación de los decretos que había presentado el Gobierno, hemos tenido ocasión de comprobar lo valiente que puede llegar a ser la llamada izquierda valiente. Ese es el apelativo que usaron ellos mismos para diferenciarse de Sumar cuando decidieron pasarse al Grupo Mixto del Congreso. Tan valientes como para unir sus votos a la derecha y la extrema derecha con tal de pegarle una buena patada en el culo al Ejecutivo presidido por  Pedro Sánchez y especialmente a la Vicepresidenta  Yolanda Díaz.

Recordarán, quizá, muchos lectores de ALCALÁ HOY que en el primer tercio del siglo XX había en España una izquierda muy valiente llamada CNT/FAI que, dejándose llevar de su valentía extrema, llamó a las masas trabajadoras ( entonces se usaba mucho esta expresión, hoy anticuada) a la abstención en las elecciones generales de 1933 y el resultado fue la victoria de una coalición de derechas llamada Confederación Española de Derechas Autónomas. Se iniciaba así lo que luego llamarían los historiadores el Bienio Negro.

Lo ocurrido en el Palacio de la Plaza de la Marina Española ( el Palacio de la Carrera de San Jerónimo está en obras) no es tan grave como lo de 1933, pero ilustra bien  esa propensión, al parecer genética, de la izquierda a la división en grupos y grupúsculos hasta el infinito. Una propensión  que ha causado grandes disgustos e incluso grandes tragedias no solo a los ciudadanos que se consideran a sí mismos como pertenecientes a esta orientación política o progresistas en general, sino a todos los ciudadanos, a las sociedades enteras. Recuérdese que uno de los factores que propiciaron la subida al poder de un pintor callejero llamado Adolf Hitler fue la falta de entendimiento entre los socialistas y los comunistas alemanes.

Esta irresistible tendencia a la división, muchas veces personalista e irracional, por un quítame allá esas pajas, contrasta llamativamente con los deseos de unidad y espíritu de colaboración que proclaman los electores o simpatizantes, aquellos que no aspiran a cargo alguno, que ni se les pasa por la cabeza vivir de la política y que simplemente desearían un mundo un poco mejor o un poco menos injusto. Volviendo al lenguaje antiguo, podríamos decir que la base va por un lado y las cabezas pensantes, los dirigentes, van por otro. A lo mejor nos vendría bien que base y dirigentes leyeran de cuando en cuando aquel combativo poema de Bertolt Brecht titulado LOA  AL ESTUDIO: “¡Estudia, hombre en el asilo! ¡Estudia, hombre en la cárcel! ¡Estudia, mujer en la cocina! ¡Empuña un libro, hambriento! Estás llamado a ser un dirigente”.

En semanas pasadas, con motivo del pase de los diputados de Podemos al Grupo Mixto, se comentó largamente en los medios de comunicación el proceso de sectarización extrema de los morados desde aquellos más de cinco millones de votos que cosecharon en las elecciones de 2016. Sectarismo que les lleva, creo yo, a no tener miedo a quedarse ciegos con tal de dejar tuerto al adversario. Es asombrosa la forma en que al final los extremos se tocan o se juntan, como dice la sabiduría popular. Si miramos hacia la bancada de la derecha, nos encontramos con el Partido Popular, que vendría a ser la “derechita cobarde”, según los piropos un poco insultantes que solían dirigirles los de VOX. Por deducción lógica debemos concluir que VOX sería la “derechita” valiente, y el PSOE y Sumar serían la “izquierdita” cobarde, la que no se atreve a plantar cara a los poderosos, la acomodaticia, por decirlo así. Y entonces, los votos de la izquierda valiente se juntan con los de la extrema derecha no menos valiente y producen como resultado que cientos de miles de trabajadores se queden si una pequeña mejora en el subsidio de desempleo. Y faltó poco para que también se quedaran, al menos momentáneamente, sin su subida salarial los diez millones de pensionistas.

Irene Montero y compañía han argumentado su voto en contra asegurando que el decreto contenía un recorte contra los perceptores del subsido para mayores de 52 años. Esto es una verdad a medias, o sea, peor que una mentira. Es cierto que la base de cotización de los mayores de 52 pasaría del 125% al 100% del Salario Mínimo Interprofesional, pero en un período de cinco años. Y hay que tener en cuenta la notable subida del SMI en los últimos ejercicios. Para 2024 es muy probable que se eleve hasta 1130 euros, lo cual nos daría una base anual de cotización ( con el 125%) de casi 20000 euros. Hay millones de trabajadores en activo que no llegan a esa base y resultaría un tanto agraviante que otros, sin trabajar, sí la tuviesen con cargo a las arcas públicas. Pero la divisa de la izquierda valiente es no dar ni un paso atrás, caiga quien caiga, llenos de amor por los desheredados. Y aquí asoma de nuevo el refranero: tanto quiso el diablo a sus hijos, que les sacó los ojos.

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1 Comentario

  1. Ya en los lejanos años de mis estudios universitarios, en plena Transición y con el cadáver del dictador todavía caliente, aprendí rápidamente a diferenciar entre la izquierda seria y responsable -el PCE y el todavía no demasiado asentado PSOE- y la extrema izquierda que, fragmentada en infinidad de grupúsculos presuntamente diferenciados por sus rivalidades doctrinales -marxistas-leninistas, troskistas, maoístas, castristas- que a mí me sonaban a discusiones bizantinas, tan sólo se ponían de acuerdo para reventarnos las clases con la primera excusa que pillaban a mano, generalmente peregrina o cogida al vuelo sin el menor empacho.
    Aprendí, ya entonces, la conveniencia de mantenerme alejado de estos individuos que además no sólo no razonaban sino que exhibían un sectarismo y una visceralidad de los que nada bueno se podía esperar, a los cuales por cierto identifiqué parodiados en la genial La vida de Brian como las diferentes facciones de los revolucionarios judíos del siglo I después de Cristo.
    Casi cinco décadas después la situación es muy distinta en la forma, pero no demasiado diferente en el fondo. O, dicho de forma coloquial, vienen a ser los mismos perros con diferentes collares. Y, por supuesto, aunque hayan cambiado los individuos por puro relevo generacional, siguen siendo tan potencialmente perniciosos como sus predecesores. Como diría Bart Simpson, dada su incapacidad de hacer nada medianamente sensato, lo mejor que podrían hacer sería multiplicarse por cero.

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