Lo que nos une | Por Carlos Cotón

Hay quien asocia la centralidad política con la nada ideológica. Desde hace tiempo, la política en España responde a etiquetas, a un fuerte componente de definición ideológica. Yo no soy tan partidario de las palabras y los grandes eslóganes sino más bien de los hechos, pero no niego que los ciudadanos merecemos conocer a quién estamos votando en cada proceso electoral.

Ilustración del cuadro 'El Abrazo' de Juan Genovés (1976)
  • ¿Cómo sería la política española si contáramos con una opción electoral que defendiera un proyecto político centrado con la suficiente influencia como para incidir en el rumbo del país?

 

  • Analista político  colaborador de ALCALÁ HOY

 

Adolfo Suárez en los años 80 | Fuente: imagen de archivo

Un proyecto político de vocación reformista, regenerador en el sentido más amplio del término, inequívocamente nacional (es decir, con un mismo proyecto –en lo esencial- para toda España), no nacionalista, europeísta y capaz de conjugar el progreso social con un programa económico serio, realista y responsable.

Hablar de centralidad política no es algo desconocido en España. La democracia en nuestro país se inició con el Presidente Adolfo Suárez al frente y, muy posteriormente, han existido diferentes intentos como pueden ser UPyD primero y Ciudadanos después. Con diferentes e importantes matices entre sí, desde luego. Incluso PP y PSOE, en diferentes momentos de su historia, han representado ese concepto.

El contexto histórico en el que la UCD de Suárez triunfó en España fue excepcional. Veníamos de un período de casi 40 años de dictadura y la democracia echaba andar. Existía una unión social y política en lo esencial, que no era otra cosa que iniciar el camino de libertad que nos trajo la Transición Democrática.

UPyD nació ante un fuerte descrédito de las instituciones y ante la falta de respuestas del bipartidismo a los problemas del momento. Por su parte, Ciudadanos, que ya tenía trayectoria en Cataluña, saltó al ámbito nacional en ese período que se conoció como de la ‘nueva política’ y cuando los inéditos debates que justificaron el nacimiento de UPyD allá por 2007 –regeneración democrática y lucha contra la corrupción, entre otros- eran ya una realidad en el debate político y mediático de España.

En todo caso, no eran escenarios como el actual. De importante polarización política en el que el debate se sitúa en si estás en contra de unos o a favor de otros, en si eres no sé qué cosa o la contraria por manifestarte a favor o en contra de un determinado posicionamiento político, arrinconando, hasta marginarlo, el debate de ideas. No es, por lo tanto, el mejor de los escenarios para que aflore una opción política como ésta a la que me refiero.

Que en España no se haya dado la circunstancia de contar con un proyecto político de estas características lo suficientemente relevante responde, a mi humilde juicio, a los siguientes factores: las fortalezas del bipartidismo y su arraigo entre la sociedad, la ausencia de una cultura que potencie lo que nos une y que explique la utilidad de una propuesta capaz de conjugar lo mejor de uno y otro espectro y la falta de continuidad de los intentos que a este respecto han existido en España.

Hay quien asocia la centralidad política con la nada ideológica. Desde hace tiempo, la política en España responde a etiquetas, a un fuerte componente de definición ideológica. Yo no soy tan partidario de las palabras y los grandes eslóganes sino más bien de los hechos, pero no niego que los ciudadanos merecemos conocer a quién estamos votando en cada proceso electoral.

Y quizá ese es uno de los motivos que explican por qué en España no ha triunfado un proyecto así. Porque quizá, los partidos que lo intentaron no fueron capaces de explicar a la sociedad que pretendían representar algo mucho más que a una bisagra que era capaz de pactar con el PSOE como con el PP. Quizá no fueron capaces de explicar que representaban una alternativa política de gobierno al bipartidismo.

Pensar en un proyecto como este merece de una continuidad que nunca ha existido. Requiere de una paciencia social a prueba de bombas frente a la volatilidad política y a la cultura de la inmediatez en la que vivimos. Como si del proceso de maduración de un árbol frutal se tratase, hay que abonar, podar y regar convenientemente para finalmente poder recoger los frutos.

No estoy diciendo que esto sea la solución a los males de España, pero sí pienso que la realidad sería bien distinta con una propuesta potente de estas características. Sería muy difícil imaginarse un escenario peor que el actual, con un Gobierno integrado por el populismo y sustentado en todos los nacionalismos y separatismos habidos y por haber, y con un debate político basado en el descrédito permanente y gratuito al adversario, con el insulto y la deshumanización como únicos argumentos.

Ilustración | Fuente: Álvaro Bernis

Estoy apelando, en resumidas cuentas, a un espacio común de entendimiento y concordia. Un espacio que aunque no exista ahora en lo político, estoy convencido que existe en la mayor parte de la sociedad española.

Quizá a corto plazo no estemos en el momento de volver a explorar, en lo político, esa Tercera España. Esa Tercera Vía que nunca ha dejado de existir. Pero quién sabe si a medio o largo plazo un proyecto político de encuentro, centrado en lo que nos une y no en lo que nos separa, tiene la oportunidad de triunfar y volver a situar a los ciudadanos en el centro de la política.

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