Un Partido llamado Juanma | Por Santiago López Legarda

Al decir de un vitriólico columnista de la derecha liberal más extrema, en las elecciones andaluzas de este pasado domingo ha ganado un partido llamado Juanma. No le falta razón al famoso escribidor, aunque debemos reconocer que el Partido Popular y su candidato a la Junta de Andalucía se han apuntado un éxito histórico.

Juanma Moreno celebra con sus partidarios la victoria del PP en Andalucía. Foto: ALEJANDRO RUESGA
  • El Partido Socialista ha aguantado bastante bien, si tenemos en cuenta que concurría por primera vez desde la oposición y no desde la Presidencia de la Junta.

 

  • Santiago López Legarda es un periodista alcalaíno que ha ejercido en diferentes medios nacionales.

Al decir de un vitriólico columnista de la derecha liberal más extrema, en las elecciones andaluzas de este pasado domingo ha ganado un partido llamado Juanma. No le falta razón al famoso escribidor, aunque debemos reconocer que el Partido Popular y su candidato a la Junta de Andalucía se han apuntado un éxito histórico. En gran parte debido a sus propios méritos y en parte debido también a los deméritos de los grupos de oposición y de quienes han sido sus aliados en el Gobierno de la Junta.

Ya he comentado, creo, en alguna otra ocasión que para mí una de las grandes sorpresas de estos últimos años ha sido que todos los votos que en su día cosechó Ciudadanos hayan pasado prácticamente al cien por cien al PP. ¿Cabe deducir de este fenómeno que en realidad no existe el voto centrista en España? ¿O lo que cabe deducir, más bien, es que el voto centrista se ha concentrado esta vez en el Partido Popular, quizá para garantizarle a Moreno Bonilla manos libres frente a las exigencias de la extrema derecha?

En mi opinión, esta gran victoria en la Comunidad más poblada de España tiene algunos paralelismos con la mayoría absoluta que consiguió el PP, bajo la batuta de José María Aznar,  en las elecciones generales del año 2000. Y no han faltado voces para subrayar que este éxito puede ser un adelanto del que le espera a Núñez Feijóo en las generales del año que viene. En 1996 Aznar consiguió una precaria mayoría relativa frente al PSOE de Felipe González después de un par de fracasos previos. Se mostró humilde en la victoria, dispuesto incluso a hablar catalán en la intimidad, y consiguió, en efecto, el apoyo de los nacionalistas para formar gobierno. Muchos le recordarán solamente por lo gallito que se puso cuando George Bush vino a España y apoyó la mano sobre su hombro. Pero lo cierto es que en su primer mandato se mostró dialogante con todos, moderado, casi progresista hasta el extremo de reivindicar la figura de Azaña como fuente de inspiración para las políticas reformistas del PP. Un comportamiento exento de aristas que fue premiado por los electores con la mencionada mayoría absoluta.

Moreno Bonilla también consiguió la Presidencia de la Junta después de un par de sonoros fracasos; y la consiguió por los pelos, gracias al apoyo de Ciudadanos y el visto bueno de VOX. Pero ha sabido aprovechar su primer mandanto para darse a conocer hasta en el último rincón de su tierra, para congraciarse con todo el mundo, para hacer gala de un talante sereno, sin estridencias, para ganarse el voto de mucha gente que antes votó a otros partidos y que ahora ha querido darle lo que pedía: una mayoría suficiente para gobernar sin depender de nadie. Una gran cantidad de votantes andaluces han mostrado su confianza en la marca Juanma y se han olvidado de que también en el PP hace tan solo unos meses cocían habas con un fuerte olor a podrido. Que se lo pregunten a un tal Pablo Casado, destituido por los suyos de la noche a la mañana.

Y qué decir de los deméritos de otros. El Partido Socialista ha aguantado bastante bien, si tenemos en cuenta que concurría por primera vez desde la oposición y no desde la Presidencia de la Junta. Y también es posible que un cierto número de electores, cabreados o agobiados por la que está cayendo, hayan decidido castigar al Gobierno de Pedro Sánchez dando una patada en el trasero del sevillano Juan Espadas. No cabe duda de que lo ocurrido es un fuerte aviso para los inquilinos de La Moncloa, si bien no se debe extrapolar los resultados de unas autonómicas a unas generales.  De las candidaturas situadas a la izquierda del PSOE, con decir que pierden más de la mitad de los escaños que tenían está dicho todo. Resulta muy difícil ganarse la confianza de la gente después del espectáculo chapucero y de incompetencia que dieron una vez convocados los comicios. La división en grupos, subgrupos, grupitos y grupúsculos es una enfermedad que la izquierda no sabe cómo combatir.

En el terreno de los deméritos hay que incluir, a mi juicio, la forma en que la izquierda en su conjunto  respondió durante la campaña al órdago  que les lanzaron desde el PP: si tanto les preocupa un Gobierno con VOX, ofrezcánnos su abstención en caso de necesidad. Ni hablar, respondieron al unísono todos los portavoces de la izquierda. No era necesario que fueran muy explícitos, podrían haber imitado a Mario Draghi cuando compareció para salvar al euro: haré lo que haga falta. “Y creánme que será suficiente”, añadió el italiano con un punto de arrogancia. Al contrario que Draghi, los portavoces izquierdistas de Andalucía fueron explícitos en el peor sentido: bajo ningún concepto ayudarían a Moreno Bonilla. Bueno, los electores sí que han decidido ayudarlo y ahora vamos a ver si ese gran caudal de votos se gestiona en beneficio de la gran mayoría o no.

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