El desplazamiento forzado desde la óptica de la arquitectura

La tesis doctoral presentada en la Universidad de Alcalá por Isabel Bravo titulada Políticas de ACNUR en materia de habitabilidad: del refugiado en campamento a la integración urbana (1950-2019) ha sido galardonada con el premio Jaime Brunet de la Universidad Pública de Navarra por su defensa y promoción de los Derechos Humanos. 

Imagen de archivo de un niño kurdo en la ciudad siria de Kobane/Ain al Arab. YASIN AKGUL / AFP
  • La arquitecta Isabel Bravo defendió, en mayo de 2021, su tesis doctoral dirigida por el profesor de Arquitectura de la Universidad de Alcalá, Roberto Goycoolea.
Foto remitida por la Universidad de Alcalá

En el trabajo se aborda el problema del desplazamiento forzado desde el punto de vista de la arquitectura y el urbanismo. Como ella explica, es «un tema que ahora está muy de actualidad por la guerra entre Rusia y Ucrania y que, en 2015, cuando yo empecé a investigar, era también un asunto candente por la crisis de refugiados sirios, iraquíes y afganos que trataban de llegar a Europa cruzando el Mediterráneo».

«Las imágenes  me impactaron mucho, y quise profundizar para entender la envergadura del problema. Me pregunté por qué, en el tema del desplazamiento forzado en el que la carencia de cobijo y de medios de vida resultaba crucial, no aparecían en el debate social valoraciones específicamente arquitectónicas y sí interpretaciones de marcado sesgo ideológico».

«Decidí entonces investigar sobre la habitabilidad de los desplazados forzosos, para lo cual comencé a consultar la ingente documentación de la Oficina del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR). Allí encontré gran cantidad de bases de datos, tanto cartográficas como de políticas y estrategias urbanas, y descubrí que, precisamente el año anterior (2014), ACNUR había puesto en marcha una nueva Política de Alternativa a los Campamentos, ante la evidencia de que más del 60% de los refugiados del mundo vivían en ciudades en lugar de en campamentos. Esta idea de poner el acento en la integración y relegar la solución clásica de campamentos a situaciones extremas de emergencia me pareció inédita en la trayectoria de ACNUR y quise investigar sobre cómo esta reorientación afectaría a los desplazados y a las comunidades de acogida».

El profesor Goycoolea, su director de tesis, le dio la clave, al sugerir que ciñera el estudio a dos campos netamente arquitectónicos: el de la habitabilidad, por una parte, y el de la morfología de los lugares donde se asientan los desplazados, por otro. Así, realizó un estudio de la trayectoria de ACNUR desde su fundación, en 1950, y la dividió en cuatro etapas: reasentamientos (1950-70), grandes campamentos (1970-90), repatriaciones (1990-2011) e integración local (2011-presente).

Eligió un caso de estudio representativo en cada una: primero, el reasentamiento en Estados Unidos de 38.000 refugiados húngaros que, tras la represión soviética, acabaron perfectamente integrados en la sociedad americana; en segundo lugar, los campamentos para refugiados camboyanos que huyeron a Tailandia en 1975, la primera vez que ACNUR intervino en la planificación y el diseño de campamentos. El tercer caso es el más dramático de los estudiados: los ‘campos de la muerte’ en R.D. Congo, un asentamiento que, sin ninguna planificación previa, recibió en una semana a más de un millón de refugiados que huían del genocidio ruandés. A la precariedad extrema se sumó lo peligroso de la ubicación: cerca de 50.000 personas murieron en las primeras semanas por los gases tóxicos de un volcán cercano. El cuarto caso es el de los refugiados sirios que, huyendo de la guerra, se establecieron en la ciudad turca de Gaziantep, ocupando habitaciones alquiladas, con familias locales y, en un alto porcentaje, en edificios en malas condiciones de habitabilidad.

A priori, puede parecer que vivir en una ciudad es la mejor opción, ya que «en un campamento de modelo básico los desplazados no pueden trabajar, tienen limitada la entrada y salida y no pueden tomar decisiones significativas sobre sus vidas’. Pero como explica Isabel, ‘la integración local tiene también sus sombras: pese a proporcionar, en términos generales, libertad de movimientos, no elimina condiciones inseguras y precarias de vivienda y servicios básicos, así como riesgo de explotación laboral y desempleo, con la consiguiente marginalidad social».

Personalmente, Isabel está muy agradecida por el premio recibido y cree que para evitar que la acogida de desplazados forzosos sea vista como una amenaza, es muy necesario acercar a la opinión pública el contenido objetivo de los informes de instituciones especializadas en desplazamiento forzoso y migraciones, que dan a conocer los beneficios de una migración bien gestionada.

«Investigar sobre este tema me ha hecho menos ciega a las necesidades de la gente que se ve obligada a dejar su casa, su mundo doméstico, material y afectivo’. Por ello, va a continuar ligada a este asunto e irá actualizando su investigación ‘tratando de aportar, desde la arquitectura, reflexión y análisis para que el proceso de integración esté bien regulado y pueda ser un proceso de desarrollo común, positivo para desplazados y comunidades de acogida».

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