Hay campañas y campañas | Por Carlos Cotón

Es moderadamente normal que los partidos, cuando se encuentran sumidos en una campaña electoral y cuando nos piden el voto, exageren hasta cierto punto la realidad en beneficio de su organización. Con unos límites, claro está. Pero es que esto que estamos viendo en Madrid es un despropósito.

Los candidatos a la presidencia de la Comunidad de Madrid, Pablo Iglesias y Rocio Monasterio, durante el debate en los estudios de Telemadrid. / Juanjo Martín (EFE)
  • Se han normalizado comportamientos por parte de nuestros políticos que no tendrían que haberse normalizado nunca.

 

  • Analista político  colaborador de ALCALÁ HOY

 

En 2015 di el paso de afiliarme a un partido político. En pleno año electoral. Y me tocó participar en unas cuantas campañas electorales. Yo las vivía con ilusión porque se trataba de una oportunidad de hablar y debatir con la gente. De reencontrarte con compañeros de otros puntos de la región o, incluso, de España.

Ahora, aunque alejado ya de la militancia orgánica, creo que se respira otro aire en el ambiente. La campaña electoral en la Comunidad de Madrid se está convirtiendo –o se ha convertido ya- en una oda al insulto y a la deshumanización del adversario –que no enemigo-. Y es una pena.

Los candidatos antes del inicio del debate en la Cadena Ser.

Es moderadamente normal que los partidos, cuando se encuentran sumidos en una campaña electoral y cuando nos piden el voto, exageren hasta cierto punto la realidad en beneficio de su organización. Con unos límites, claro está. Pero es que esto que estamos viendo en Madrid es un despropósito.

Ya no se pide el voto por unas ideas o por unas propuestas. Se pide el voto para ir contra el otro. Para «echar» a alguien. Para «impedir» que unos y otros lleguen al poder. Como si eso no dependiese de la libre voluntad de los ciudadanos expresada en las urnas, precisamente, con su voto.

Lógicamente todos tenemos preferencias. Nos puede dar pavor que unos u otros lleguen al poder. Lo que no es normal es que aceptemos ese marco mental que nos están trasladando de que los ciudadanos somos diferentes en función de la opción política por la que nos decantemos en unas elecciones.

Se han normalizado comportamientos por parte de nuestros políticos que no tendrían que haberse normalizado nunca. Esto no es nuevo y sí, nosotros, los ciudadanos, también tenemos parte de responsabilidad. Porque somos lo suficientemente maduros para darnos cuenta de cuando un político nos está hablando en serio y cuando no.

Desde un espectro u otro se ha normalizado que un partido no pueda ir a un sitio a explicarse ante los ciudadanos sin que le increpen o lancen piedras. Se ha normalizado que un candidato denuncie que le han mandado balas en una carta a él y a su familia y que haya contrincantes electorales que lo pongan en duda por ser quien es.

Y lo peor es que la animadversión personal que a la vista está que se tienen entre ellos nos la quieren trasladar al resto. Quieren que despreciemos a ese familiar que piensa diametralmente distinto a ti. A ese vecino, compañero de trabajo o de Universidad que no comparte tus ideas políticas. En definitiva, quieren dar un vuelco a la sociedad en la que vivimos.

Sí, desde que vivimos en democracia hay ideas y consignas que son de todo punto reprobables. Las hay, por cierto, desde el momento en el que se ha acogido en el sistema, como una opción política más, a un partido que no condena el terrorismo ni la sangre derramada en España desde los años en los que ETA instauró el miedo como forma de vida en la sociedad.

Hace algunos años atrás, cuando ese ‘multipartidismo’ al que se ha referido recientemente Pablo Casado como «lo peor que le ha pasado a España» emergía, se pedían más debates entre candidatos y entre las distintas opciones que concurrían a las elecciones. Porque la sociedad había cambiado. Porque era mucho más diversa ideológicamente que en los años del bipartidismo imperante.

Ahora no. Ahora en vez de celebrar más debates los pocos que estaban previstos se cancelan. Se cancelan por la inoperancia de nuestros políticos a dialogar, a intercambiar puntos de vista con un mínimo de respeto, sin entrar en la descalificación personal. Es el fracaso no de la política o de los partidos, sino de los políticos y de sus dirigentes.

Ya no soy aquel joven ingenuo que se afiliaba por primera vez a un partido político en 2015. No me arrepiento, que conste. Pero la realidad, el contexto social o incluso el clima político de ahora tampoco es el de 2015. En parte lo entiendo, pero me preocupa.

Me preocupa que la crispación, la tensión y la impostura a la que han llevado algunos el debate político se traslade a la sociedad en forma de enfrentamiento, división y discordia permanente. Me preocupa que nos encontremos en un punto de no retorno.

Ojalá me equivoque, aunque hoy por hoy los que se están equivocando son otros.

Y el pago de esa cuenta no me pertenece. Ni a mí ni tampoco a ti.

 

 

 

 

 

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