El mejor de entre nosotros. Al compañero y maestro Magdaleno

No recuerdo haberlo dicho en público, solo se lo dije una vez a él, pero, como un humilde homenaje a su querida memoria, en mi novela El tiempo cifrado, uno de los personajes está inspirado en su persona y en la de todos los viejos camaradas que fueron mis maestros, los mismos que “sin estudios”, me dieron las mejores lecciones, cuando llegué a Alcalá y el Partido nos obligó a dejar las organizaciones universitarias e integrarnos en las agrupaciones locales.

Foto de CCOO Comarca del Henares
  • Carta de Matías Escalera Cordero
Foto de Noel Viñas

Como, hace un momento, le he escrito a otro buen camarada, al enterarme de la muerte del compañero, amigo y llorado maestro; Magdaleno –así, simplemente, Magdaleno, sin más– era uno de los seres humanos más cabales que he conocido, el mejor de los camaradas y, como Marcelino Camacho, una de esas voces vivas de los trabajadores que te ilustraban solo con oírlas, y uno de esos compañeros sabios y fieles que tú sabías que estarían contigo hasta el final.

Magdaleno era lo mejor de nosotros, de la izquierda política y sindical, justo lo que desgraciadamente –creo– hemos expulsado de nuestro seno.

Tengo muchos recuerdos de él, pero hay uno que se me ha quedado grabado y que me viene ahora a la memoria, una breve pero tristísima conversación que tuvimos en la plaza de Cervantes, en los tiempos del penoso final de Marcelino Camacho en Comisiones Obreras… Para mí, le dije entonces, ese lamentable final era una perfecta imagen y metáfora de un hecho de consecuencias desastrosas para la izquierda social y política, la expulsión y distanciamiento suicida de los trabajadores, de la clase obrera, en cuanto tal; de ellos, de los Marcelinos y de los Magdalenos, de los mismos que nos habían puesto en el mapa de la historia, con su decisión, su inteligencia y su fuerza.

Cuando los letrados de entre nosotros sonreíamos, en las asambleas, cuando Magdaleno decía aquello de “rivindicación”, los trabajadores, sus iguales, esos que hemos expulsado de nuestras organizaciones y de nuestras áreas de influencia, no se reían, le entendían perfectamente, porque les hablaba desde el centro mismo de sus corazones y de sus mentes, con una verdad que ahora –en realidad, desde hace años– no perciben en nosotros; por eso, se sienten distantes o, lo peor, atraídos por engañosos cantos de sirena del populismo ultraderechista.

Así que o recuperamos nuestra voz más verdadera y auténtica, esa inteligencia estratégica y táctica de Magdaleno (solo había que verlo negociar en las situaciones más tensas y difíciles, su capacidad para encontrar salidas donde aparentemente no las había; y a dónde llevó a las Comisiones Obreras del corredor del Henares) o perderemos para siempre su memoria y su legado.

No recuerdo haberlo dicho en público, solo se lo dije una vez a él, pero, como un humilde homenaje a su querida memoria, en mi novela El tiempo cifrado, uno de los personajes está inspirado en su persona y en la de todos los viejos camaradas que fueron mis maestros, los mismos que “sin estudios”, me dieron las mejores lecciones, cuando llegué a Alcalá y el Partido nos obligó a dejar las organizaciones universitarias e integrarnos en las agrupaciones locales.

Gracias, Magdaleno; gracias, camaradas, por tanto. Nunca te olvidaré; nunca os olvidaré.

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