Bankia y Caixabank: en busca del fuego | Por Santiago López Legarda

Cuando yo era niño una vía posible hacia la estabilidad y la seguridad en el empleo era entrar como botones en alguna oficina bancaria. Bastaba con tener los catorce cumplidos y pasar un somero examen de ortografía y aritmética. La paga era más bien simbólica, pero se podía llegar lejos si uno era listo y tenía suerte, como demostró un botones murciano llamado Alfonso Escámez.

Foto de Pedro Enrique Andarerelli
  • Para lo que no hay salvamento posible, al parecer, es para los 24000 millones de dinero público inyectados en Bankia.

 

  • Santiago López Legarda es un periodista alcalaino que ha ejercido en diferentes medios nacionales.

 

Foto de Pedro Enrique Andarelli

La banca era entonces, y siguió siendo durante décadas, la dueña absoluta (con permiso de las eléctricas) de la economía nacional, la gran máquina de generar riqueza y beneficios para los accionistas. La mitad del sistema financiero estaba dominado por la pléyade de cajas de ahorro, grandes y pequeñas, que siempre fueron vistas con recelo por los grandes bancos privados. Pero también generaban sustanciosos beneficios, una parte de los cuales retornaban al común a través de lo que se llamó la obra social. Aquí en Alcalá, en la confluencia de las calles Ronda Ancha  y Alonso Martínez, hay una placa que informa a los viandantes de las viviendas que Cajamadrid construyó para sus impositores en los años sesenta del siglo pasado.

Pero hoy en día el negocio bancario parece amenazado de ruina, y hasta podría desaparecer lo mismo que desaparecieron otros sectores que creaban mucho empleo y riqueza, como la minería o la construcción naval. De hecho, los bancos son los grandes responsables de que el mercado bursátil español siga arrastrándose por el polvo, mientras el americano se mueve cerca de sus máximos históricos.

Resulta llamativo que el mismo producto (la propiedad inmobiliaria) en el que las familias españolas materializan más del 80% de su riqueza haya resultado tan mortalmente tóxico para el sistema financiero. La explicación de esta aparente paradoja está en que las entidades vienen obligadas a cargar contra la cuenta de resultados las provisiones provocadas por la caída en el precio de los activos. En cambio, las familias solo tienen que provisionar la paciencia necesaria para esperar la llegada de tiempos mejores.

Además de la indigestión de ladrillo, el sistema financiero ha tenido que ir adaptándose, tras la depresión de 2008, a una caída de los tipos de interés impensable. Todavía en 2011, cuando se produjo la salida a Bolsa de Bankia, era posible  prestarle dinero al Gobierno español a un interés del 5,5% anual. Compárese ese dato con el irrisorio 0,25% que paga a día de hoy el Tesoro Público por las obligaciones a diez años; o con el inconcebible -0,55% al que cotizan los bonos alemanes. Sobrevivir en ese contexto (con los bancos centrales emitiendo dinero a toda máquina) debe de ser  casi tan difícil como en la atmósfera de Venus.

La fusión de las que un día fueron las dos grandes cajas de ahorro españolas es la última y más espectacular operación de salvamento, orquestada y promovida por las direcciones de Bankia y Caixabank, con el beneplácito del poder político y las instituciones de supervisión, como sucedió con aquella oferta pública de acciones de Bankia que ahora acaba de ser juzgada por la Audiencia Nacional. Esa fusión, era el sueño de toda la vida del todopoderoso Isidre Fainé, nacido en Manresa hace 78 años y Presidente de la Fundación La Caixa. Y da lugar al nacimiento del primer banco español, por delante de Santander y BBVA, con más de 20 millones de clientes y 650000 millones de euros en activos. Pero ya veremos que resultado da a largo plazo, porque si lo pequeño tiende a ser hermoso lo muy grande puede acabar siendo monstruoso e inmanejable.

Para lo que no hay salvamento posible, al parecer, es para los 24000 millones de dinero público inyectados en Bankia. En 2019 las dos entidades fusionadas obtuvieron en conjunto 2250 millones de beneficios, con fuerte retroceso respecto del año anterior. La participación del Estado en la nueva Caixabank queda reducida al 16% del capital social. Así que recuperar aquel multimillonario rescate por la vía del dividendo exigirá unas cuantas décadas de paciencia. Y si se opta por la venta, a día de hoy ese paquete del 16% apenas vale, según la cotización en Bolsa, una décima parte de lo que se invirtió en evitar la quiebra de Bankia.

De momento, queda claro que vamos hacia un oligopolio bancario, en el que los ciudadanos cada vez tendremos menos donde elegir, con reducciones constantes de plantillas, cierres de oficinas y clientes haciendo cola en la calle para ser atendidos (como en los centros de salud, por otra parte.) Son las consecuencias de un negocio que está perdiendo sus fuentes tradicionales de recursos. Esperemos que las autoridades encargadas de la competencia vigilen para que el oligopolio no se convierta en monopolio. Porque hay otras autoridades, desde los gobiernos al FMI, que no paran de pedir más madera, es decir, más fusiones y adquisiciones, en una cadena que se antoja interminable.

Cuando nuestros antepasados de las cavernas descubrieron la utilidad del fuego, descubrieron también que en adelante producirlo y conservarlo iba a ser una cuestión de vida o muerte. Muchos miles de años después, otros antepasados muy evolucionados descubrieron la utilidad de prestar dinero a cambio de más dinero. Ese interés, o rentabilidad, ha sido el fuego poderoso que dio vida a la banca durante siglos. Pero de ese fuego ya solo quedan unos rescoldos languidecientes. Reavivarlos no va ser tarea fácil, ni para la nueva Caixabank ni para nadie.

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1 Comentario

  1. El periodista ALBERTO ORTÍN publicó en vozpopuli, ayer, miércoles, día 1 de los corrientes una noticia bajo el sugerente titulo de Santander España convoca a la plantilla para anunciar «un cambio de paradigma en la forma de hacer banca». En efecto Rami Aboukhair, consejero delegado de Santander España, envió a última hora de la noche del miércoles un correo a la plantilla que ha generado gran expectación entre los empleados del banco en el país. Es cosa sabida que el «gatopardismo» o lo «lampedusiano» es, en ciencias políticas, el «cambiar todo para que nada cambie», paradoja expuesta por Giuseppe Tomasi di Lampedusa (1896-1957). La cita original expresa la siguiente contradicción aparente: «Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie». Ver mas en https://www.vozpopuli.com/economia-y-finanzas/santander-ceo-plantilla_0_1396960703.html

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