Las dos españas ¿Con plomo en las alas? | Por Santiago López Legarda

El Gobierno diseñado por Pedro Sánchez luego de obtener la confianza del Congreso de los Diputados, ha sido acogido por la opinión pública con una división que es casi gemela de la que se dio en las urnas el día 10 de noviembre: el 46 por ciento lo ve con buenos ojos mientras que el 42 piensa que será muy pernicioso para la buena marcha del país.

  • Bien, por supuesto que vendrán nuevas elecciones, pero no mañana, aunque tampoco habrá que esperar cuatro años.

 

  • Santiago López Legarda es un periodista alcalaino que ha ejercido en diferentes medios nacionales.

Me he permitido tomar para el título que encabeza estas líneas unas palabras sacadas de una maravillosa canción que no me canso de escuchar, aunque tiene ya sus añitos: España, camisa blanca de mi esperanza, escrita por Víctor Manuel y que solía cantar Ana Belén con su voz inigualable. Discúlpenme, por favor, mis queridos lectores de la derecha si me dejo emocionar más por los versos y la música de ese par de “rojazos” que por los de un Bertín Osborne o un Fari. Ya se sabe que la cabra, española hasta las cachas por supuesto, tira al monte.

Siempre creí que los versos de esta canción estaban tomados de un poema de Blas de Otero, pero al parecer Víctor Manuel solo tomó del insigne poeta vasco el verso que da título a la canción. He aquí su primera estrofa:

      España, camisa blanca de mi esperanza/reseca historia que nos abrasa/con acercarse solo a mirarla/. Paloma buscando cielos más estrellados/ donde entendernos sin destrozarnos/ donde sentarnos y conversar.

 

Foto de Ricardo Espinosa Ibeas

Yo recomendaría vivamente esta canción a cuantos están en un grito por ese Consejo de Ministros “caótico y despilfarrador” que acaba de jurar o prometer sus cargos ante Felipe VI, al modo en que Joan Baldoví les recomendaba un poco de tila durante el debate de investidura. Porque estoy convencido de que la reacción tan airada que ha tenido nuestra derecha se debe a este razonamiento nunca confesado pero al que se agarraban como clavo ardiente: Sánchez se la pega de todas, todas, con su complicadísimo intento de articular una mayoría parlamentaria; y vendrán unas nuevas elecciones en las que, entonces sí que sí, la mayoría será nuestra.

Bien, por su puesto que vendrán nuevas elecciones, pero no mañana, aunque tampoco habrá que esperar cuatro años. Y lo que quizá tendrían que pensar nuestros políticos de la oposición es si no se han pegado un tiro en el pie ellos solitos. Porque si van por separado a las urnas es muy posible que consigan una mayoría relativa, pero muy difícil que se hagan con la mayoría absoluta. Y más difícil aún con ese discurso catastrofista en el que se han apoltronado. ¿Vendrán entonces a solicitar, por patriotismo y responsabilidad, la abstención socialista para que pueda presidir el Ejecutivo el señor Casado? ¿Con el mismo patriotismo y la misma responsabilidad que ellos han desplegado frente a la legítima opción que había elegido el candidato del PSOE?

Y mientras llega la cita con las urnas, por qué no buscamos, como dice la canción de Otero/Víctor Manuel, un lugar acogedor donde sentarnos y conversar.  A mí me parece que, en la esfera política, social y económica, hay una mujer que tiene ante sí la oportunidad de jugar un papel de primer orden en ese esfuerzo por encontrar un lugar de diálogo y acuerdo: Inés Arrimadas. Pero tiene que abandonar su quimérica competición por el liderazgo de la derecha y volver a los orígenes  de Ciudadanos.

No necesita decir amén a todo lo que digan o programen Iglesias y Sánchez, pero tiene que aceptar que muchos o muchísimos de los objetivos que se ha propuesto el gobierno de coalición son razonables, aunque también discutibles, matizables y modificables. Reducir la desigualdad, mejorar  el salario mínimo, garantizar las pensiones, controlar los alquileres, buscar unas relaciones laborales más equilibradas, luchar contra el cambio climático y la violencia machista. Unos objetivos hacia los que se debería avanzar, según mi humilde criterio, con pies de plomo, pero nunca con plomo en las alas. Ya se ve que, como somos una de las naciones más viejas del mundo, hemos ido desarrollando a lo largo de los siglos un lenguaje popular que nos sirve para un roto y para  un descosido.

 

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