De cónclaves, papas y consejos ( de ministros ) | Por Santiago López Legarda

No diré yo que sea Iglesias el único responsable del batacazo electoral sufrido por Podemos en la noche del 26 de mayo, pero su comportamiento personal, su autoritarismo y su falta de tacto puede haber sido un factor importante.

Foto cedida por THE GLIMPSE STUDIO
  • A Pablo Iglesias, que siempre se vio a sí mismo como un papable fuera de toda discusión, se le han notado demasiado las ganas de serlo.

 

  • Santiago López Legarda es un periodista alcalaino que ha ejercido en diferentes medios nacionales.

Foto cedida por THE GLIMPSE STUDIO

Qué razón habría para encerrarse por tiempo indefinido en un cónclave a quemar papeletas de votación en busca de una fumata blanca, si no sientes el menor deseo de ser Papa. Pero, amigo mío, si se te notan demasiado las ganas de serlo puedes dar por seguro que el Espíritu Santo no susurrará tu nombre al oído del resto de cardenales. He ahí la quintaesencia de esa excelentísima escuela diplomática fundada por Jesús de Nazaret hace un par de milenios. Nadie habría dado un denario por aquella muchachada de pescadores analfabetos, pero ahí están sus sucesores ofreciendo de cuando en cuando lecciones que tantos otros deberían aprender como alumnos aplicados.

A Pablo Iglesias, que siempre se vio a sí mismo como un papable fuera de toda discusión, se le han notado demasiado las ganas de serlo. En vista de que las negociaciones postelectorales quedan fuera del ámbito de competencias del Espíritu Santo, él mismo se ha dedicado no ya a susurrar, sino a gritar su propio nombre como uno de los llamados a sentarse a la mesa del Padre, que como se sabe se encuentra en la zona noble del Palacio de la Moncloa. De manera que el personal, o la gente, muy bien ha podido rumiar para sus adentros algo parecido a lo siguiente: mucha coleta, mucho vaquero, mucha camisa planchada a la carrera, mucho desaliño indumentario, pero a este se le notan demasiado las ansias por subirse al coche oficial.

Foto de Ricardo Espinosa

No diré yo que sea Iglesias el único responsable del batacazo electoral sufrido por Podemos en la noche del 26 de mayo, pero su comportamiento personal, su autoritarismo y su falta de tacto puede haber sido un factor importante. Tengo amigos que, luego del 15M y los buenísimos resultados obtenidos en las elecciones de 2015, se mostraban arrobados por las esperanzas y horizontes sin límites que, a su juicio, se abrían para España con la estelar aparición de la pareja Errejón-Iglesias.

A mí nunca me gustó el tufo peronista de aquellos carteles con solo dos palabras: patria, pueblo. Ya hemos visto en qué ha quedado todo aquello: el Podemos de Iglesias reducido en las elecciones europeas a menos de lo que fue en su mejor momento la Izquierda Unida de Julio Anguita. El profesor cordobés también soñó un día con darle el sorpasso al PSOE y aquella obsesión le llevó al error imperdonable de no querer ningún tipo de acuerdo con los socialistas para pactar más bien un movimiento de tenaza con Aznar.

Foto cedida por THE GLIMPSE STUDIO

En paralelo a la pérdida de encanto sufrida por Iglesias ha crecido casi como la espuma el atractivo de un Pedro Sánchez al que los españoles, según el CIS, citan como el político mejor valorado y además le conceden un insólito aprobado. Está visto que yo soy mucho más lento que la mayoría en la digestión de los rencores políticos. Todavía no he perdonado a Felipe González por el asunto aquel de la OTAN, así que creo que aún tardaré un tiempo en perdonar a Sánchez por la repetición de las elecciones en 2016 bajo las premisas del no es no y de que Rajoy debía buscar apoyos entre sus afines.

Además de rencoroso, contradictorio, podría añadir para completar mi visión de la España posterior al reciente ciclo electoral. Porque creyendo como creo que la alternativa a la socialdemocracia es la barbarie, debería alegrarme de lo que podríamos llamar la excepción española: la socialdemocracia hundiéndose en todas partes, y singularmente en Alemania, Francia, Italia y Gran Bretaña, mientras en España brilla con la luz y la fuerza de una Torre de Hércules capaz de desafiar a todas las tormentas.

Y lo cierto es que me alegro, porque el PSOE ha decidido colocar al frente de su delegación en el Parlamento Europeo a una de sus mejores cabezas: una garantía de propuestas razonables y bien fundamentadas para esa Europa siempre en construcción. Y me alegro también porque, de los Pirineos hacia abajo, parece más razonable la política que pueda ejecutar un Sánchez que la que habrían ejecutado un Pablo Casado o un Albert Rivera, tan aficionado últimamente a los autos de fe. El reto inmediato del antiguo alero de Estudiantes es conseguir la investidura, pero el desafío mayor es consolidar un párrafo en la historia de España labrándose para 2023 una mayoría absoluta como la que se labró Aznar en 2000. ¿Lo conseguirá? Vamos a ver si la salud nos acompaña para comprobarlo.

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1 Comentario

  1. Al frente de la delegación del Parlamento Europeo estará alguien al que le gusta el tráfico de influencias, pero claro, si es del PSOE no hay que exagerar, que como dice otro administrador de credenciales democráticas y éticas, que es el diario El País, «la confusión entre moralizar la vida pública y hacer política con la moral terminará convirtiendo este país en una ciénaga».
    Lo lamentable es que eso opinan todos los políticos españoles, si la falta es mía no tiene importancia, si es ajena, por leve que sea, se sobredimensiona. La realidad es que la política española ya es una ciénaga desde la derecha a la izquierda.

    Lean como El País disculpa las «faltitas» de Borrel:
    https://elpais.com/elpais/2018/11/29/opinion/1543516471_617306.html

    Si leen un diario de derechas disculparán la corrupción del PP y aledaños.

    ¡Váyanse todos, políticos y sus acólitos periodistas, a escardar cebollinos, a ser posible en la huerta que planten en el hemiciclo del Congreso, que solo sirve para estercolar!

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