Errejón, Carmena y el cesarismo en la política española | Por Santiago López Legarda

El artículo 6 de la Constitución del 78 define a los partidos políticos como un instrumento fundamental para la participación de los ciudadanos en el gobierno de la cosa pública. Pero he aquí la pregunta que quisiera formular a mis lectores: ¿A día de hoy es más democrático el funcionamiento interno de Podemos o el funcionamiento interno de la candidatura que prepara Manuela Carmena para el Ayuntamiento de Madrid?

 

  • Santiago López Legarda es un periodista alcalaino que ha ejercido en diferentes medios nacionales.

El artículo 6 de la Constitución del 78 define a los partidos políticos como un instrumento fundamental para la participación de los ciudadanos en el gobierno de la cosa pública. También dice el citado artículo que la estructura y el funcionamiento interno de estos instrumentos deberán ser democráticos, cosa que lamentablemente no siempre se cumple. Pero he aquí la pregunta que quisiera formular a mis lectores: ¿A día de hoy es más democrático el funcionamiento interno de Podemos o el funcionamiento interno de la candidatura que prepara Manuela Carmena para el Ayuntamiento de Madrid?

Si se cumpliera lo que dice nuestra Carta Magna, estaríamos haciendo realidad aquel ideal defendido por el filósofo italiano Antonio Gramsci: los partidos como intelectual colectivo para la toma de decisiones que afectan al conjunto de los ciudadanos. Desde hace tiempo, sin embargo, nos hemos deslizado hacia otro modelo que no invita a la participación: los partidos como maquinaria propagandística y electoral al servicio de un líder, que a veces es elegido en “primarias”, y una vez entronizado, ordena y manda a su antojo y quienes se le oponen o piensan distinto son borrados de la escena pública. Las “primarias”, copiadas de los Estados Unidos, como tantas otras cosas, son el camino más directo hacia el cesarismo y la liquidación de las estructuras democráticas de los partidos políticos.

Manuela Carmena, una mujer de larga trayectoria y mucho prestigio, nunca habría sido alcaldesa de Madrid de no haber llegado a un pacto con Unidos Podemos para encabezar una de las candidaturas de izquierda que compitieron por la capital en las anteriores elecciones municipales. Ahora parece creer que todo el mérito es suyo y decide prescindir de las fuerzas políticas que la auparon para formar una candidatura en la que ella hace y deshace según su mejor saber y entender. Hasta se ha permitido dar con la puerta en las narices a Julio Rodríguez, el hombre más gafado de este mundo desde que decidió dar el salto desde la milicia a la política. Un ejercicio de personalismo extremo, el de la abuelita de huesos frágiles y sonrisa acogedora.

La alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, y el diputado de Podemos Iñigo Errejón, durante el acto conmemorativo de la Fiesta del 2 de Mayo. (EFE)

Pero casi nadie ha criticado ese comportamiento autoritario y personalista de Carmena, mientras que los intentos de negociar con ella la composición de la candidatura han sido descalificados por muchos como una maniobra para  colocarle “comisarios políticos”. Algo así debió de pensar Iñigo Errejón cuando decidió romper la baraja después de que Podemos e Izquierda Unida anunciaran un acuerdo para que Sol Sánchez fuera en el puesto número dos, un lugar que Errejón reservaba para la diputada autonómica Clara Serra. ¿Hay tanta diferencia entre ir de número dos o número tres? Al parecer sí, de acuerdo con estas palabras que dijo una vez Javier Solana: “me dolió de cojones cuando Felipe González me desplazó del número dos de la candidatura por Madrid para hacerle un hueco a Baltasar Garzón.”

Solana, militante señero de la Federación Socialista Madrileña, no rompió ninguna baraja, pero al secretario de Análisis Estratégico en la Ejecutiva de Podemos le faltó tiempo. Nunca ha sido Pablo Iglesias, desde la aparición de su rutilante estrella en el firmamento político español, un santo de mi devoción. Pero la maniobra que le han perpetrado Errejón y Carmena es una traición comparable a la sufrida por Viriato o a la  urdida por Bellido Dolfos en el sitio de Zamora. Lo menos que podía haber hecho Errejón, después de haber sido elegido por los militantes de Podemos era someter su propuesta a la dirección del partido, si pensaba que lo mejor era ir bajo el paraguas de Más Madrid. Pero no, lo negocia en secreto con la alcaldesa y lo anuncia como un trágala. Se conoce que tenía ganas infinitas de ajustar cuentas con el Secretario General.

Ramón Espinar, este jueves en el Senado. ANDREA COMAS

Lo que más me sorprende de esta historia de luchas internas y traiciones, de egos desatados y maniobras en la sombra, es la dimisión de Ramón Espinar. Lo veo como una cobardía, seguramente porque me faltan muchas claves para interpretar cabalmente lo sucedido. Porque el pacto-traición de Carmena y Errejón le servía a Espinar en bandeja un magnífica ocasión para competir y adquirir talla de líder. Incluso le habían servido casi hecho el discurso: qué menos que salir a la palestra a dar la cara por el partido, a defender el proyecto primigenio frente a tanta deslealtad. Una explicación podría ser que él también esté pensando en pasarse al campo de los que quieren liquidar al propietario del chalet en Galapagar.

Iglesias y Sánchez, con la alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, durante el reciente homenaje a las víctimas del 11-M. / EFE / PACO CAMPO

Una guinda descomunal para todo esto sería que Pedro Sánchez, que no encuentra un candidato idóneo para Madrid, negociase con Carmena un candidatura única de la izquierda para el ayuntamiento de la capital de España. Sería lo nunca visto, pero no creo que vaya a suceder, porque eso equivaldría a dejar a Ángel Gabilondo, que es un gran candidato, a los pies de los caballos.

 

 

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