Del origen de las fiestas de la Virgen del Val

Vicente Sánchez Moltó, cronista oficial de Alcalá, nos ofrece en este artículo una aproximación experta de la costumbre de la romería del Val y sus antecedentes históricos. A partir de ahí ofrece una somera historia de la Virgen del Val, la tradición y avatares a través de los siglos. "Con algunas variantes, la leyenda más extensa y antigua nos relata que en un descuido un labrador que tenía sus tierras junto al río Henares, cayó al agua. Sintiendo que se ahogaba, se encomendó a Nuestra Señora, que se le apareció entre rayos de luz, lo que le dio fuerzas para alcanzar la orilla sano y salvo".

La romería del Val por el pintor alcalaíno Félix Yuste. Imagen cedida por el autor.

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  • Manuel Vicente Sánchez Moltó es Cronista Oficial de Alcalá de Henares

Pese a que la leyenda quiere retrotraer la aparición de la imagen de la Virgen del Val al año 1184, según el anónimo autor de los “Anales Complutenses” el hecho tuvo lugar en torno a 1348, precisamente el año en el que se celebraron Cortes en Alcalá. Las características formales de la antigua imagen, de estilo gótico y que se puede datar a mediados del siglo XIV, avala esta última fecha.

Con algunas variantes, la leyenda más extensa y antigua nos relata que en un descuido un labrador que tenía sus tierras junto al río Henares, cayó al agua. Sintiendo que se ahogaba, se encomendó a Nuestra Señora, que se le apareció entre rayos de luz, lo que le dio fuerzas para alcanzar la orilla sano y salvo. De rodillas, el labrador agradeció a la Virgen su protección, oración que fue repitiendo a diario, hasta que un día, labrando cerca del lugar donde había caído al río, su arado se topó con un pequeño nicho bajo tierra, en cuyo interior encontró una imagen de la Virgen con el Niño. El labrador trasladó la imagen hasta su casa, pero al día siguiente había desaparecido, encontrándola próxima al lugar de la aparición, en el hueco del tronco de un viejo olmo. En esta ocasión decidió depositar la imagen en una de las iglesias de la por entonces villa, pero a la mañana siguiente la imagen había vuelto a desaparecer, siendo encontrada de nuevo en el lugar ya mencionado. Considerando que el deseo de la Virgen era permanecer en aquel lugar, los vecinos de Alcalá decidieron erigir una pequeña capilla santuario, tomando la imagen como advocación el topónimo de aquel paraje: Virgen del Val (Valle).

Pedro Tenorio, Arzobispo de Toledo entre 1377 y 1399, promovió el culto a la imagen con la creación de una cofradía y la erección de una ermita. Por su parte, el concejo (el ayuntamiento de la época) hizo voto en 1379 de acompañar a la Virgen del Val en sus salidas del santuario en procesión. En aquel tiempo la procesión de la Virgen no tenía lugar en el mes de septiembre, sino con motivo de las Letanías, una fiesta que se celebraba los tres días anteriores al jueves de la Ascensión. Fiesta fijada en el calendario 40 días después del Domingo de Resurrección. El miércoles, víspera de la Ascensión, tenía lugar la procesión.

Aunque no sabemos de las razones por las que el concejo, en representación de la villa, acordó hacer el voto, podemos intuirlas. Aquellos eran tiempos inseguros y difíciles. La peste y otras epidemias, las plagas de langosta, el pedrisco o la sequía, acompañados de la siempre temible hambruna, podían diezmar de forma notable las poblaciones y obligar a sus habitantes a emigrar y, en ciertos casos, como nuestro vecino Los Santos de la Humosa, a la total despoblación y a la elección de una nueva ubicación. La peste de 1507 se llevó por delante a la mitad de los habitantes de Meco. Sólo por citar dos casos muy próximos.

Es en esos contextos de incertidumbre es donde surge el voto. Un estudio sobre las Relaciones de Felipe II, nos revela que nueve de cada diez votos hechos por los lugares, villas y ciudades de Castilla la Nueva guardaban relación con algún desastre natural. Los votos se hacían antes de que sobreviniera la catástrofe, para protegerse de ella. En el curso de la misma, para detenerla. O, una vez sufrida, como acción de gracias por que hubiera cesado. En cuanto a su contenido, los más frecuentes eran la asistencia a la procesión en ese día y la distribución de una caridad. Así pues, todo apunta a que el voto de 1379 se debió a una de las mencionadas circunstancias. No resulta nada extraño que se olvidará la razón del voto. En las relaciones de Felipe II, casi la mitad de los municipios no mencionan la razón del voto o afirman desconocerla.

Y precisamente de aquí procede la costumbre de la comida campestre el día de la Virgen. Con motivo del voto, el día de la procesión se hacía el reparto de la denominada caridad de mayo por parte del Concejo de Alcalá y de los lugares de su Tierra o comarca. Ya en el libro de cuentas del Concejo más antiguo que se conserva, se registra en 1435 el cargo de la caridad. Básicamente la caridad se componía de pan, vino y queso. El pan era de trigo. El queso, bien sarazo, bien añejo, más caro éste último. El vino, blanco. Todos estos artículos procedían de diversos lugares de la Tierra de Alcalá.

Como en tantas otras cuestiones, pronto surgieron los abusos que afectaron a la distribución de la caridad. En concreto, además del reparto que se realizaba en la ermita el día de la fiesta, se venían entregando raciones y presentes “a personas particulares de las principales”, enviándoselos a su casa. El gobernador del Arzobispado de Toledo, don Ramiro Núñez de Guzmán, en 1497 promulgó unas reformas sobre la hacienda municipal. Intervención nada extraña ya que Alcalá y su Tierra eran señorío de los arzobispos de Toledo. Como vemos, la delicada situación económica del gobierno local viene de lejos. El gobernador estableció que las raciones sólo se entregaran públicamente y a los que asistieran a la ermita.

Dos años después del inicio del primer curso de la Universidad de Alcalá en 1508, el Cardenal Cisneros estableció en sus constituciones que anualmente se celebraran dos solemnes procesiones, con la asistencia del rector, regentes, consiliarios, capellanes, colegiales y todos los estudiantes de la Universidad. Una de ellas sería la fiesta de San Nicolás con la denominada “procesión del obispillo”. La otra “en la fiesta de la Anunciación y Encarnación del Señor a la basílica de la bienaventurada María del Valle”. Aunque en este caso se está refiriendo a la festividad del 25 de marzo, no cabe duda de que los estudiantes también asistían a la procesión de las letanías, si bien a título personal y no en forma corporación. Y terminada aquella, a la caridad. La presencia de los estudiantes no tardó en ocasionar algunos incidentes que terminarían ocasionando la supresión de la caridad municipal.

Hasta 1515 Ayuntamiento de Alcalá estaba integrado por dos concejos, el de caballeros y “exentos” y el de vecinos “pecheros”. Esta situación determinaba frecuentes conflictos entre ambos, que Cisneros decidió cortar de raíz, promoviendo la firma de la Concordia de Santa Lucía entre ambos concejos, de modo que a partir de ese momento se ponía fin al régimen de concejo abierto, característico de la Extremadura Castellana, quedando el gobierno de la villa exclusivamente en los caballeros, la aristocracia local. Como contrapartida, en adelante los pechos y derramas reales y arzobispales se abonarían con cargo a los propios de la villa, salvo que resultaran insuficientes. En la citada concordia se acuerda que se suprima la caridad de mayo, destinando su presupuesto al pago de los pechos. La supresión se justificó en el hecho de que en la fiesta de la Virgen del Val tenían lugar “muchos delictos que allí se haçen mujeres y estudiantes”.

De lo anterior, se deduce claramente que, una vez concluida la procesión, en las proximidades de la ermita se cometían actos inmorales, seguramente favorecidos por el consumo del vino que se distribuía en la caridad, ya que de otro modo no se entiende que se suprimiera ésta.

Y algo debía haber de cierto, ya que Mateo Alemán nos relata en “El pícaro Guzmán de Alfarache”, publicado en 1598, el siguiente suceso, del que no hay duda que se basa en las propias experiencias del autor en su etapa como estudiante de la Universidad de Alcalá: “Desta manera, con estos entretenimientos proseguí mi teología y, cuando cursaba en el último año, ya para quererme hacer bachiller, mis pecados me llevaron un domingo por la tarde a Santa María del Val. Romerías hay a veces que valiera mucho más tener quebrada una pierna en casa. Esta estación fue causa y principio de toda mi perdición. De aquí se levantó la tormenta de mi vida, la destrucción de mi hacienda y acabamiento de mi honra.”

Pero volvamos al tema que nos ocupa. Con todo, la Concordia de Santa Lucía no supuso el fin de la procesión de las letanías. A mediados del siglo XVII, la fiesta congregaba en torno a la ermita del Val a un gran número de devotos procedentes de diversos lugares de la comarca. En los “Anales” se citan expresamente los municipios de Los Hueros, Meco, Villalbilla, Los Santos, Anchuelo y Camarma. No cabe duda, por tanto, que aún después de que los lugares de la Tierra de Alcalá alcanzaran el título de villazgo, mantenían su devoción a la Virgen del Val.

La procesión de las letanías se siguió celebrando hasta la invasión francesa, cuando la imagen se traslada a la Magistral, dejándose de celebrar la procesión. La ermita quedó abandonada y sometida al saqueo. Tras el final de la contienda, se realizaron unas mínimas obras de consolidación, pero la ermita permaneció sin culto y en estas circunstancias la procesión de las letanías ya no se volvió a recuperar.

No será hasta 1882 cuando se fije la fiesta mayor el tercer domingo de septiembre, con el traslado de la Virgen desde la Magistral, que ya se había convertido en su morada habitual, a su ermita el sábado, celebración de misas solemnes el domingo y el lunes y la procesión de retorno en la octava, el domingo siguiente. Posteriormente se fijó que la procesión de regreso se adelantara al lunes, tal y como se viene celebrando en la actualidad.

Al título de Patrona de Alcalá de Henares “de tiempo inmemorial”, se sumaron en 1791 el de titular y patrona de la Real Academia de Teología de la Universidad de Alcalá y en 1929 el de Alcaldesa perpetua del Ayuntamiento, nombramiento este último ratificado en 1984, siendo Alcalde Arsenio Lope Huerta. Además, cuenta con la Medalla de Oro de la Ciudad, entregada en 1992 por el Alcalde Florencio Campos, y la Medalla de Oro de la Universidad, que le entregó al año siguiente el rector, Manuel Gala. En 2009 fue coronada canónicamente por el Obispo Complutense, Juan Antonio Reig Pla.

  • Manuel Vicente Sánchez Moltó es Cronista Oficial de Alcalá de Henares

 

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