¿Qué será de mi pensión? (Y III)

En dos artículos anteriores el autor trataba de argumentar por qué es superior el actual sistema público de pensiones , sobre todo en términos de seguridad, frente a los posibles sistemas privados que pudieran implantarse. "Esto no quiere decir que esté libre de problemas y defectos, algunos de los cuales se comentan en las líneas que siguen. Pero antes dedicaremos unas palabras a un hecho que hizo correr ríos de tinta al comienzo del verano: la hucha de las pensiones y su anunciada extinción a muy corto plazo".

Foto de Ricardo Espinosa Ibeas

 

  • Santiago López Legarda es un periodista alcalaino que ha ejercido en diferentes medios nacionales.

En dos artículos anteriores tratábamos de argumentar por qué es superior el actual sistema público de pensiones (sobre todo en términos de seguridad) frente a los posibles sistemas privados que pudieran implantarse. Esto no quiere decir que esté libre de problemas y defectos, algunos de los cuales vamos a comentar en las líneas que siguen. Pero antes dedicaremos unas palabras a un hecho que hizo correr ríos de tinta al comienzo del verano: la hucha de las pensiones y su anunciada extinción a muy corto plazo.

Yo recuerdo muy bien a José María Aznar, en su triunfal campaña del año 2000, advirtiendo a los mayores que abarrotaban sus mítines del peligro que representaban los socialistas: si ganan – repetía una y otra vez a sus seguidores enfervorizados – meterán la mano en la hucha de las pensiones. Ahora, dieciséis años después, me lo imagino un poco más agrio y gravemente atragantado luego de haber tenido que “tragar” el sapo de que sean precisamente sus correligionarios los que han metido la mano repetidas veces hasta casi liquidar las existencias.

Ahora bien, una vez dicho lo anterior, pongamos las cosas en su sitio: la llamada hucha de las pensiones, pese a ser una muy buena idea, nunca ha llegado a alcanzar, ni siquiera en sus momentos de máximo esplendor, la categoría de chocolate del loro. Para muestra, un botón: la hucha de las pensiones de Noruega, el fondo soberano al que van a parar los beneficios del petróleo del Mar del Norte, tiene a día de hoy un valor de unos 750.000 millones de euros. Para una población de 5 millones de personas más o menos. Tocan a 150.000 euros por cabeza. En España, con nuestros 46 millones de habitantes, la hucha llegó a tener 67.000 millones de euros, unos 1450 euros por cabeza, o sea, unas 100 veces menos que los noruegos. Claro que países como Noruega, en el resto del planeta, hay uno o quizás ninguno, lo cual no es óbice para que algunos compatriotas nuestros justifiquen sus anhelos independentistas aduciendo, con pasmosa intrepidez intelectual, que quieren “construir un país como Noruega”. Esta es la cruda realidad: si alguien alguna vez pensó o piensa todavía que la hucha de las pensiones es la solución para los problemas del sistema, no tiene ni idea de las magnitudes presupuestarias que definen la cuestión.

Unas magnitudes colosales, pero perfectamente manejables, como esos cruceros con miles de turistas a bordo que surcan los mares de todo el mundo. La madre del cordero es que los gastos tienden a crecer más deprisa que los ingresos por vía de las cotizaciones sociales. Ese mayor crecimiento de los gastos viene motivado por, al menos, tres factores estadísticos y demográficos frente a los que no se puede hacer gran cosa a corto y medio plazo: el número de pensionistas aumenta a razón de unos 150.000 por año ( 9,5 millones de pensiones pagadas en agosto de 2016), la cuantía media de las pensiones también sube ( unos 900 euros por 14 pagas al año) y finalmente también se incrementa la esperanza media de vida, unos 82 años para los hombres y 86 para las mujeres, según los datos del INE.

De modo que el gasto en pensiones previsto para este 2016 asciende a unos 138.000 millones de euros, el 12,3% del Producto Interior Bruto. Es decir, dedicamos a satisfacer los derechos generados por nuestros mayores el 12,3% de la riqueza que producimos cada año. Hace algunos años este porcentaje era algo menor y previsiblemente en los próximos años será algo mayor. Visto así, no parece que el asunto sea tan acuciante. ¿Qué razón habría para que no podamos seguir dedicando a nuestros mayores, por tiempo indefinido, esa porción de la “tarta” nacional? De hecho, países de la UE como Italia, Francia, Finlandia, Austria Portugal y Grecia dedican a sus pensionistas un porcentaje mayor de la “tarta”. Aquí estamos ante otra madre del cordero: necesitamos un cierto crecimiento real, no puramente monetario, de la actividad económica, porque, como dice el refrán castellano, “donde no hay harina, todo es mohína”. Si el PIB crece al 1% y el número de pensionistas al 1,5 necesitaremos algunas pequeñas correcciones en el rumbo de la nave, pero todo indica que el valor actual de las pensiones podrá mantenerse sin graves aprietos.

Por el lado de los ingresos, el problema, en España, es que muchos se empeñan en que el gasto en pensiones tiene que cubrirse exclusivamente con las cotizaciones sociales, que no dejan de ser un impuesto sobre el empleo. Ahí tenemos el derecho universal a la sanidad o el derecho a la educación o la justicia gratuitas que no están ligados a ningún tipo de cotización sino a la recaudación general que consigue el Estado mediante los numerosos impuestos que gestiona. Es evidente que en el caso de las pensiones la cuantía individual tiene que estar ligada al esfuerzo de cotización que ha hecho el interesado a lo largo de su vida laboral, pero una cosa es el cálculo del derecho individual que se reconoce a cada pensionista y otra bien distinta es de dónde sale el dinero para satisfacer ese derecho. Algunas fuerzas políticas y sindicales han sugerido ya el establecimiento de algún impuesto específico para financiar las pensiones no contributivas. Y es casi seguro que se acabará estableciendo.

Y por otra parte, tanto los pensionistas actuales como los futuros, tendremos que acostumbrarnos a la idea de que nos irá un poco mejor o un poco peor en función de cómo vaya la economía en general. Es un poco absurdo pensar que nuestros ingresos estarán blindados con independencia de cómo les vaya a nuestros vecinos más jóvenes. A partir de 2019 la cuantía inicial de la pensión será ligeramente corregida por el factor de sostenibilidad, ligado a la esperanza de vida. Y la edad ordinaria de jubilación está subiendo hasta llegar a los 67 años en 2027. Pequeñas y necesarias correcciones del rumbo, como esa subida del 0,25% anual que viene aplicando el gobierno del PP desde la última reforma. Pero téngase en cuenta que desde diciembre de 2012 los precios han caído un 1,4% hasta julio de este año. Eso que llevamos ganado.

Santiago López Legarda . Periodista ( prejubilado de Radio Nacional de España)

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