Sin enemigos a la vista

El autor reflexiona en este artículo sobre el valor de la cooperación frente a la competencia: Sólo vemos competidores, no compañeros. Únicamente pensamos en competencia y no en cooperación. ¿Cuándo va más rápido un grupo de ciclistas? ¿Cuando se vigilan unos a otros con desconfianza y lanzan ataques individuales, o cuando cooperan y se van relevando para tirar del grupo perfectamente coordinados? Cualquier aficionado a la bicicleta os dirá que el grupo va más rápido cooperando ... Decía Don Quijote “uno de los efectos del miedo es turbar los sentidos y hacer que las cosas no parezcan lo que son.”

Sin enemigos a la vista. Artículo de David Cobo

Escribía Juan José Millas: “En mi calle el miedo más común era el miedo a no ser nada”. Supongo que mi calle no era muy distinta a la descrita por Millas, y tal vez por eso nos vendieron rápido algunos conceptos difíciles de desaprender.

En cierta ocasión, en una jornada formativa en una empresa en la que trabajé, nos dividieron en cuatro grupos. Nos dieron a cada grupo varios datos distintos y el reto consistía en conocer la información que tenían los otros en menos de 30 minutos. Comenzamos a negociar a cara de perro el intercambiar parte de la información que teníamos cada grupo, compitiendo por ser el primer y único grupo en tener todos los datos. Era imposible que la negociación llegara a buen puerto, ya que todos queríamos ganar y nos bloqueábamos mutuamente. Transcurridos los 30 minutos ningún grupo había conseguido el reto.

Nos comunicaron que el reto era conseguir toda la información en menos de 30 minutos y que si, en lugar de competir, hubiéramos cooperado todos los grupos hubiéramos alcanzado el reto dentro de tiempo. Dimos por hecho que nuestro objetivo era ser los primeros, derrotar a los de al lado, sin que nadie nos lo hubiera dicho, era un concepto que traíamos inculcado cada uno.

Fue muy aleccionador y muy contradictorio. Por un lado se puso de manifiesto el valor de la cooperación, pero en cuanto la jornada terminó y hasta el día en que presenté mi baja voluntaria (siete años después) la empresa sólo se preocupó en hacernos competir entre nosotros, ofrecernos diferentes condiciones por hacer idéntico trabajo y potenciar todo lo contrario de lo aprendido en aquella jornada.

Sólo vemos competidores, no compañeros. Únicamente pensamos en competencia y no en cooperación. ¿Cuándo va más rápido un grupo de ciclistas? ¿Cuando se vigilan unos a otros con desconfianza y lanzan ataques individuales, o cuando cooperan y se van relevando para tirar del grupo perfectamente coordinados? Cualquier aficionado a la bicicleta os dirá que el grupo va más rápido cooperando.

En nuestro ámbito familiar no usamos la competencia sino la cooperación. Nos parecería muy absurdo el competir por el baño, por la comida de la nevera… ¿Qué nos hace pensar que el sistema que jamás utilizaríamos de puerta para adentro es el más razonable de puerta para fuera?

No recuerdo si el anuncio televisivo de los años 80 era del Comité Olímpico Español o del Comité Olímpico Internacional. Salían diferentes atletas practicando deporte y una voz en off decía “En el deporte y en la vida; Competitividad”. El anuncio no vendía ningún producto, propagaba una idea. Una idea que nos llegó de otras muchas diversas maneras y caló hasta el punto de hacer de  “Tonto el último” y “Sálvese quien pueda” una forma de ver la vida.

Reducir el deporte a un medio para alcanzar la victoria es muy triste. Deporte es jugar, divertirse, compañerismo, sentirse bien… Jugar y ganar está bien, pero dejar de jugar y sólo competir por la victoria es quitarle el perfume y el dulce sabor al deporte, es reducirlo a algo bastante gris y amargo.

Muchos dirán que la competitividad es un motor que nos hace caminar. No estoy de acuerdo. Superarse a uno mismo, mejorar nuestras condiciones de vida… eso sí puede ser motor de muchas cosas. Competir, en sí mismo no es fin de nada, es un significante vacio puesto al servicio del individualismo.

Creo firmemente en que la cooperación es mucho más productiva que la competitividad. Desde cualquier punto de vista, también el económico. Es un valor superior.

La grandeza de un país no se mide por el número de Eurocopas o Mundiales de Futbol tras las vitrinas. La grandeza de un país reside en aspectos que tienen más que ver con la cooperación y la solidaridad, como que el trabajo llegue a todas las manos, la vivienda a todas las familias y el alimento a todas las cucharas.

Tal vez lo que nos rodea no está bien pensado a pesar de llevar mucho tiempo haciéndose así. Evolucionar es eso, cambiar a mejor. La competitividad, como fin en sí mismo, tiene dos caras. No es sólo el afán por ganar, es también el miedo a la derrota, el temor al fracaso, lo cual nos puede atenazar y renunciar a nuestros objetivos.

Decía Don Quijote “uno de los efectos del miedo es turbar los sentidos y hacer que las cosas no parezcan lo que son.”

Se está estableciendo el pensamiento que propaga: “¿Tiene usted problemas? Bien, no mire para fuera, mire para adentro. El problema es que usted no es lo suficientemente competitivo.”  Esto nos lleva a la falsa percepción de que no hay problemas para la gente, sino que hay gente problemática.

Tal vez la alegría se anteponga al miedo a la derrota, y resulte que no estemos tan lejos de que la cooperación y la solidaridad sean hegemónicas, que veamos compañeros donde antes sólo veíamos potenciales competidores. Tal vez ese día no esté tan lejos y estemos cerca de las respuestas a las interrogantes que planteaba el poeta uruguayo Mario Benedetti.

¿Qué pasaría si un día despertamos dándonos cuenta de que
somos mayoría?

¿Qué pasaría si de pronto una injusticia,
sólo una, es repudiada por todos,
todos los que somos, no unos,
no algunos, sino todos?

¿Qué pasaría si en vez de seguir divididos
nos multiplicamos, nos sumamos
y restamos al enemigo que interrumpe nuestro paso?

David Cobo . Coportavoz de Izquierda Unida Alcalá

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